La economía existente estaba basada en el mundo agrario y artesanal, en el autoconsumo y no en la comercialización de los productos obtenidos, con productividad muy baja.
Fue posible por la existencia de una monarquía liberal y no absolutista y la existencia de una moneda estable y un sistema bancario bien organizado. Los cambios fueron tecnológicos, socioeconómicos y culturales. Los tecnológicos van desde el uso de nuevos materiales como el acero a fuentes energéticas como el carbón y máquinas motrices como la máquina de vapor, considerada como el motor inicial de la Revolución Industrial. Aparecen las máquinas de hilar y tejer, que consiguen aumentar rápidamente la producción con poco personal. Surgen técnicas para el desarrollo del trabajo y la especialización de la mano de obra. El transporte se desarrolla tanto por trenes como por barcos, lo que junto con otros inventos harán crecer el papel de la industria y el comercio.
Los cambios sociales más notables derivan del crecimiento de las ciudades y el consiguiente éxodo en zonas rurales. Al mismo tiempo se produce un fuerte aumento demográfico, como consecuencia de la elevada natalidad y el descenso de la mortalidad.
Se desarrolla una clase burguesa y una nueva clase trabajadora, también aparecen las primeras revueltas de los obreros.
La Revolución Industrial produjo un cambio radical en todos los ámbitos de la sociedad inglesa y, más tarde, del resto de las sociedades europeas, creando un nuevo modelo de vida.
La revolución industrial en España fue mucho más tardía ya que seguía inmersa en un mundo rural en el que los cambios fueron mínimos.
La revolución industrial fuera de Europa: En Estados Unidos comenzó al terminar la guerra civil, a finales del siglo XIX. En Japón la industrialización comenzó por la actividad textil.
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